El Ascensor Una Historia Sobre La Gente Diferente

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el-ascensor-300x200pxRafael Santos entró al ascensor como a la una menos cuarto de la tarde. Venía de almorzar en el “come y vete” de la esquina y tenía una tarde ajetreada por delante. Su compañía estaba cerrando el año fiscal y Rafa —como todos le decían— tenía que asegurarse de que todo estuviera correcto.

Rafa era el contralor de una empresa fabricante de abonos químicos, con oficinas en la gran torre de 62 pisos al sur de la ciudad. Comenzó allí recién graduado de la universidad y fue ascendiendo de puesto —poco a poco— hasta alcanzar el tope de su profesión.

Cuando entró al ascensor marcó el piso 55 y se acomodó a lado izquierdo de la puerta. Con él también entraron cuatro mujeres vistiendo ropa de negocios, un mensajero, tres hombres en chaqueta que conversaban sobre la bolsa de valores, y un hombre bajito, de aspecto árabe, vestido en un traje marrón, que cargaba una gran funda de papel; lo que allá en la gran manzana se conoce como un “shopping bag”.

Casi al cerrarse la puerta del ascensor entró corriendo una quinta mujer acompañada de una niña como de 8 ó 9 años de edad. Probablemente irían para alguna de las oficinas médicas que había en los pisos bajos de la torre, pensó Rafa.

El hombre tenía un aspecto serio y reservado. Su barba negra y espesa abonaba a su impavidez. Se colocó al fondo del ascensor en el lado derecho. No se recostó de la pared. Se paró firme, como a un par de pulgadas de la superficie de la pared.

La bolsa no lucía nueva. Estaba gastada y arrugada. Y lo que tuviera adentro le hacía el suficiente bulto como para que los lados y el fondo se extendieran un poco hacia afuera. ¡Era algo pesado!

La gente en el ascensor iba desentendida de la presencia de este señor. Los tres hombres conversaban entre ellos. Las cuatro mujeres miraban hacia una porción distinta del techo. El mensajero estaba pendiente a los números que estaban encima de la puerta, y la mujer que entró última miraba hacia abajo pendiente de la niña.

botones-ascensor-150pxTodos iban absortos; cada uno en su mundo. Y Rafa era el único que iba atento a todo lo que sucedía a su alrededor.

La niña miró hacia arriba y se sonrío con el hombre. El hombre ni siquiera le hizo caso. Fue como si no existiera.

Rafa pensó para sí: “Dios mío, ¿será lo que pienso? ¿Iremos a perecer todos en esta pequeña caja de metal?”

Si se trataba de un artefacto explosivo, la onda expansiva destrozaría el ascensor, mataría a todos sus ocupantes, y caerían hasta el fondo del tiro en un gran bólido de fuego, metal y sangre.

De repente Rafa comenzó a temer por su vida. Su corazón comenzó a latir con rapidez y sus músculos se pusieron tensos. Sabía que tenía que mantener la calma. Si dejaba ver su temor el hombre se daría cuenta y el final llegaría más rápidamente.

De momento sonó una pequeña campanita y el ascensor se detuvo en el piso 17. La puerta se abrió y la señora que iba acompañada con la niña salió tranquilamente. No tenía ni idea de lo que parecía que iba a suceder. La niña ondeo su mano derecha como diciéndole adiós al señor de la barba. El hombre se mantuvo inmóvil; sin responderle en lo más mínimo.

La puerta se cerró y el ascensor continuó su marcha. El mensajero extendió la mano y apretó el botón número 22. Rafa, que había trabajado por años en ese edificio, sabía que del 22 al 26 estaban las oficinas del Comisionado de Seguridad de la ciudad. De seguro allí sería la explosión.

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Faltaban sólo 5 pisos para llegar y el corazón de Rafa latía como una ametralladora. Miró hacia el hombre barbudo y éste ni se dio por enterado. Sus grandes ojos negros lucían fríos y huecos; como si la alegría de vivir hubiese salido de allí años atrás.

Rafa miró a los demás pasajeros. Los hombres continuaban en su coloquio. Las mujeres seguían absortas y el mensajero velaba los números encima de la puerta.

¡Cling! Sonó la campanita del piso 22. La puerta estaba a punto de abrir y Rafa pensó: “Dios mío, ahora es que es. ¡Mi vida se acabó!”. La puerta comenzó a abrir. Los brazos y piernas de Rafa se pusieron como piedra. Jamás pensó que su vida acabaría de ese modo: rodeado de extraños en una caja de metal.

El mensajero salió del ascensor y entraron dos hombres vestidos de negro. Eran oficiales del Comisionado de Seguridad. Ahora sí que la cosa estaba mala. De seguro se percatarían de la presencia del hombre y habría un forcejeo por el contenido de la funda. Si en efecto eran explosivos ese sería el fin.

Los hombres se pararon en el mismo centro del ascensor mirando hacia la puerta. Rafa los miró, y ellos le devolvieron la mirada asintiendo con la cabeza con una sonrisa. Había compartido el ascensor con ellos en ocasiones anteriores.

La campanita sonó de nuevo. Esta vez en el piso 24. ¿Sería allí la cosa? Rafa sabía que en el piso 24 estaba el Centro de Cómputos del Comisionado de Seguridad. Una explosión allí desarticularía las operaciones por meses. Los hombres comenzaron a salir y Rafa se quedo tieso. Miro hacia el hombre de la barba. Tenía una mano en el bolsillo de su chaqueta. De seguro tendría un control remoto. ¡Lo que le quedaban de vida eran segundos!

Rafa se pegó de la pared como tratando de alejarse lo más posible del estallido. Pero era inútil. Estaba cautivo. Su corazón latía a toda prisa. Y lo peor de todo era que él era el único que se había “percatado” del problema. Los demás estaban lo más tranquilos. ¡Sus vidas probablemente estaban por terminar y ni siquiera lo sabían!

Recordó sus años de niño cuando llegó a la ciudad procedente del Caribe. Tenía amigos de todos los colores y procedencias. Para él eran sencillamente sus amiguitos.

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En su casa le enseñaron que la gente era toda igual ante los ojos de Dios. Venía de una familia cristiana… Pero en la escuela la cosa no era así. Allí hablaban de blancos, negros, hispanos, italianos, irlandeses, chinos, hindúes y mil razas más. Cada uno con su religión y con sus prejuicios.

La cuna de la democracia era también la casa del divisionismo. Erigían paredes invisibles de odio y discriminación… para luego pregonarle al mundo que eran el hogar de la unidad racial. ¡Qué mucha hipocresía!

La puerta se cerró y todavía estaba en una sola pieza. Respiró profundo. Sus músculos recobraron la elasticidad. Pero todavía faltaba mucho para llegar al 55. Y en momentos de tensión como ese un par de segundos podían parecer años.

La campanita volvió a sonar. Era el piso 43. Los tres hombres se arrimaron a la puerta. En el 43 había un pequeño bufete de abogados. No tenía nada de especial. Mayormente llevaban casos civiles y de hipotecas.

Rafa miró hacia el hombre de barba y tenía ambas manos fuera de los bolsillos. Los dedos estaban extendidos. Allí no era la cosa.

La puerta se abrió y los tres hombres salieron del ascensor. Todavía continuaban conversando entre ellos. A Rafa le llamó la atención el que ni siquiera se tomaron la molestia de dar las “buenos tardes”. Su padre le enseñó que uno siempre debía dar los “buenos días”, las “buenas tardes” o las “buenas noches” cuando llegaba o salía de un lugar. “Ser cortés no cuesta nada pero dice mucho”, le repetía constantemente su padre.

Pues sí, “dice mucho cuando uno los da, y cuando no”, pensó Rafa. “¡Qué parejeros!”, pensó para sí. En la jungla de hierro la cortesía era la gran ausente. Con razón el resto de la Nación decía que eran “nasty”.

La puerta se cerró y el ascensor siguió subiendo. Ahora estaba solo en el ascensor con cuatro mujeres y el hombre de la barba.

¿Cuál sería su plan? ¿Dónde pensaría hacer su fechoría?

La campanita sonó. Esta vez en el 50. Las cuatro mujeres se aprestaron a salir. Rafa miró al hombre de la barba. Sus manos continuaban a los lados. No había peligro inmediato.

Las mujeres salieron de ascensor. En el 50 había una oficina de reclutamiento; “de esas de empleo temporero que le pagan el mínimo a los empleados y no le dan beneficios marginales”, pensó Rafa.

La puerta se cerró y sólo quedaron el hombre de barba y Rafa en el ascensor. ¿A dónde iría? ¿Cuál sería el plan de aquel hombre de aspecto siniestro? ¿Pensaría destruir las dos grandes cisternas que había en la azotea del edificio? ¿Iría para la emisora de televisión que había en el piso superior?

Sonó nuevamente la campanita. Llegaron al piso 55… el piso de Rafa. El hombre se metió la mano nuevamente al bolsillo y se acercó a la puerta. “Dios mío, va para mi piso”, pensó Rafa. “Debe ser un activista ambiental”, pensó de inmediato.

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“Pero los activistas ambientales generalmente son blancos”, pensó Rafa. Y en medio del horror que sentía se le escapó una sonrisa. Él también estaba infestado. “El germen del racismo y la discriminación afecta hasta nuestra percepción de los terroristas”, pensó Rafa.

Su compañía había tenido varios “tropiezos” recientemente por problemas ambientales. Pero eso había ocurrido fuera de los Estados Unidos, en países del tercer mundo, de esos que la mayoría de la gente no sabe ni que existen.

“Ah, esa era la explicación. Probablemente es un enviado de uno de esos países”, pensó Rafa.

A pesar del horror que sentía decidió seguir al hombre. Después de todo, si la bomba era grande, moriría independientemente del lugar en el que estuviera. El hombre se dirigió hacia la oficina del presidente.

“Dios mío, es verdad. Va para la oficina del señor McLauren”, pensó Rafa.

McLauren eran un hombre blanco, como de 50 años de edad, que había sido criticado duramente durante los incidentes ambientales recientes, a pesar de que la compañía había tratado de cumplir con sus obligaciones y resolver el asunto. De seguro él sería el blanco del atentado.

El hombre llegó hasta el escritorio de la secretaria de McLauren y sacó su mano del bolsillo de la chaqueta. A Rafa se le fue el corazón a los pies. Ahora sí que era verdad. Pensó en gritar “bomba” pero eso sólo agravaría la cosa.

Entonces vio lo que el hombre llevaba en la mano. Era un pequeño pedazo de papel amarillo. “Is this Mr. McLauren’s office?”, preguntó el hombre de barba. ”Yes it is, but he’s not in”, contestó su secretaria. ”May I help you?”.

Entonces el hombre levanto la funda y la colocó sobre el escritorio. “Llegó el momento. Ahora fue”, pensó Rafa. El hombre metió ambas manos en la funda. A Rafa le estuvo raro pero continuó observando con atención en la distancia.

El hombre levantó las manos y sacó un reloj en oro y cristal. De mirarlo se veía que era costosísimo. “Yo vivo aquí mismo en la ciudad”, comenzó diciendo el hombre. “Y he visto cómo muchas empresas despiadadas se valen de la pobreza de países más pequeños para engañarlos y explotarlos. Mi familia vive en uno de esos países. Y fue allí donde su compañía tuvo los recientes incidentes ambientales. Pero su compañía es distinta. En lugar de contaminar y robarle a mi pueblo ustedes cumplieron con su responsabilidad”, añadió el hombre.

“Yo soy un empleado común, en un puesto común, que provengo de un pequeño pueblo común. Pero en ese pequeño pueblo común viven mi madre, mi padre y mis 8 hermanos. Entre todos recogimos poco a poco para obsequiarle este reloj al señor McLauren; para que recuerde —a toda hora— que en nosotros tiene a un pueblo agradecido”, terminó diciendo el hombre. Y con eso dio la vuelta y se montó al ascensor sin decir una palabra más.

Rafa se quedó inmóvil. Sintió la urgencia de bajar la escalera corriendo para alcanzar a aquel hombre y disculparse. No por lo que hubiera hecho, sino por todo lo pensado.

A pesar de sentirse mentalmente al margen de la discriminación y el racismo, se dio cuenta en aquel instante de lo profundos que pueden ser los efectos de la xenofobia.

Varios meses después Rafa iba caminando por una de las calles de la ciudad y vio al hombre de la barba a la distancia tomándose un refrigerio a las afueras de un café.

Cruzó la calle a toda prisa, se identificó y le preguntó si podía sentarse para contarle su historia. Conversaron por horas. El hombre se llamaba Ahmed, y le contó sobre los prejuicios que existen en otros países contra los pueblos de América; en especial hacia los estadounidenses. “Algunos son infundados y otros bien merecidos” señaló el hombre.

A partir de ese día Rafa y Ahmed se hicieron grandes amigos. Resultó que Ahmed atendía un puesto de revistas como a dos calles del edificio de oficinas donde trabajaba Rafa. Con el tiempo Rafa hizo la costumbre de parar allí todos los días a comprar su periódico.

Una mañana Rafa iba de prisa para la oficina. Cuando entró al ascensor estaba casi lleno. La puerta comenzó a cerrarse detrás de él cuando de repente una mano la aguantó. Era un hombre bajito, de aspecto hispano y con una barba negra y espesa.

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Rafa lo miró y comenzó a reírse a carcajadas. Todos en el ascensor lo miraron sorprendidos. ¿Se habría vuelto loco? Visiblemente incómodo, el hombre le preguntó “¿Y tú, de qué te ríes?” en perfecto español.

A Rafa le bajaban las lágrimas de tanto reír. Todavía iban por el piso 6. Haciendo un esfuerzo especial, puso una cara sería, y le hizo el cuento de Ahmed a todos los pasajeros.

Cada vez que paraba el ascensor, y se abría la puerta, todos reían a carcajada. La gente los miraba confundidos… hasta preocupados de que pudieran tener algún problema mental.

¿Y tu, cuántas veces te has hecho ideas de la gente por la manera que lucen, por su nacionalidad, por el color de su piel o por su edad? Todos lo hacemos, en mayor o menor grado. ¿Para qué negarlo?

Piensa en eso la próxima vez que entres a un ascensor.

©2016, Orlando Mergal, MA
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El autor es Socio Fundador de Accurate Communications,
Licenciado en Relaciones Públicas (R-500), Autor de más de
media docena de Publicaciones de Autoayuda, Productor de
Contenido Digital y Experto en Comunicación Corporativa.
Inf. 787-750-0000 • 787-306-1590

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4 comentarios

  1. Muy buena historia Orlando,me hace recordar varios momentos de mi vida,y si por el aspecto de los demás uno se imagina montones de ideas las cuales muchas veces están alejadas de la realidad…Saludos desde RD.

    • Gracias Javier. Todos pecamos de xenofóbicos en mayor o menor grado. ¿Por qué? Pues porque por naturaleza el hombre le teme a lo desconocido. El problema viene cuando ese tipo de mentalidad se generaliza, como está sucediendo en los Estados Unidos en el sector de Donald Trump.

      Yo pienso que con la globalización y la proliferación de la Internet se está dando una interconexión maravillosa entre las gentes del mundo. Prueba de eso es el mundo del podcasting. Yo recibo correos de gente en países remotos donde jamás hubiera pensado que hubiera alguien escuchándome. Y lo bonito es lo mucho que se aprende.

  2. Gracias Orlando. Muy acertada la historia y que su enseñanza nos dice de manera expresa que no debemos prejuiciarnos a primera impresión por pensar que una forma de actuar es común de un individuo proveniente de una sociedad o país equis, o sea, si los árabes tiran bombas, no debemos pensar que todos son iguales. Aunque debemos usar el sentido común en la vida, pero no olvidemos que ese sentido es el menos común de todos. Creo que aquí no hubo una reacción xenofóbica, más bien un prejuicio ligado a una preocupación de vida por pensar en una generalidad.

  3. Una historia para reflexionar. Muy Buena!!

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