El Fin de “Suburbia”

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The End Of Suburbia

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Hubo una era en la que la gente trabajaba y vivía en el mismo lugar.  El agricultor trabajaba y vivía en su finca.  El zapatero vivía en los altos de su zapatería.  Así también el dueño de la panadería, el colmado, el herrero, el boticario y hasta el sepulturero.

Esta manera de vivir se conoció como el modelo “romano”.  Los comercios estaban en el primer nivel y los dueños vivían en los altos.  Así se desarrollaron la mayoría de los pueblos en Puerto Rico, el resto de América Latina y hasta los de Estados Unidos y Canadá.  Inclusive, el modelo se utiliza todavía en muchas ciudades de Europa.

A mediados del siglo 18 comenzó la Revolución Industrial, y con ella la transformación de los modelos de negocio y urbanismo de gran parte del mundo occidental.

De pronto los pequeños pueblos se transformaron en ciudades. Las grandes fábricas, necesitadas de manos que trabajaran, propiciaron una transición del autoempleo al trabajo a sueldo.  Con ello vino la explotación del obrero, la fundación de los sindicatos y decenas de acontecimientos obrero-patronales más que van mucho más allá del alcance de esta entrada.

Lo que sí importa, para efectos de esta entrada, es el eje central sobre el que estuvieron predicados casi doscientos años de historia: la abundancia de petróleo barato.

El desarrollo de tanta factoría trajo todo tipo de problemas en lo que una vez fueron pueblos pequeños.  La contaminación, el ruido, los malos olores y la congestión hizo que poco a poco las personas fueran abandonando las ciudades y mudándose a las afueras.  A esos lugares se les llamó “suburbios”.

En Puerto Rico están por dondequiera.  Claro, nosotros los llamamos “desarrollos urbanos”.  La gente trabaja en el área de San Juan, Santurce y Hato Rey, y vive en urbanizaciones cerradas de Bayamón, Guaynabo, Caguas y Carolina.  Y esos son los que tienen suerte.  Hay otros que viven en Fajardo, Cidra, Comerío o Manatí.  Por ejemplo, yo tengo un buen amigo que trabajó por más de 11 años en Isabela.  El problema es que él vive en Bayamón.  Así que todas las mañanas viajaba más de una hora, y en las tardes hacía lo mismo. ¡Qué castigo!

A Crude Awakening

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Como muchos de ustedes saben, soy fanático de los documentales.  En estos días estuve viendo dos.  El primero se titula “The End Of Suburbia… Oil Depletion and the End of the American Dream”.  El segundo se titula “A Crude Awakening… The Oil Crash”.  ¿Y qué les puedo decir?  La cosa no pinta bien.

¡Aquellos de ustedes que esperen ver el litro de gasolina nuevamente a 30¢ búsquense un cojín bien “mullidito”, porque la espera va a ser larga!

Según los expertos, la capacidad productiva del planeta, en cuanto a petróleo se refiere, ya alcanzó su punto pico.  De aquí en adelante vamos a ir en un descenso lento y progresivo.

¿Y qué quiere decir eso?  Quiere decir que los precios de los productos derivados del petróleo —como son la mayoría de todos los productos modernos que nos rodean— van a ir en ascenso paulatino pero constante.

¿Y qué tiene que ver eso con la gente que vive en los suburbios?  ¡Cada día que pase el costo de transportación entre sus hogares y su lugar de trabajo va ir en aumento!  Esto combinado con la crisis económica, y la caída irreversible en el valor de las propiedades, va a propiciar dos cosas: un desplazamiento lento —pero constante— hacia las viejas ciudades (obviamente renovadas) y la proliferación de profesionales que trabajen desde sus hogares.

En eso yo me considero un pionero.  En el 1993, le propuse la idea al entonces secretario del trabajo, César J. Almodóvar Marchany, de que miles de empleados del gobierno podían trabajar desde sus hogares utilizando computadores personales.  El pobre ni siquiera “vio pasar la bola”.

Obviamente, yo no le estaba proponiendo nada que yo no hubiera hecho antes.  En mi caso, yo venía trabajando desde la casa desde el 1990, cuando renuncié a un puesto —que muchos consideraban bueno— con la Puerto Rico Telephone Company.  Desde entonces he trabajado desde mi hogar.

Obviamente, trabajar desde la casa no es todo rosas.  También tiene sus “espinitas”.  ¿Pero cuántos de ustedes pueden decir que no han sabido lo que es un tapón por más de 20 años?

De esto, y de decenas de cosas más, es que tratan estos dos documentales.  Gente, abran los ojos.  ¿Qué vamos a hacer con las “Armadas” y las “Sequoias” cuando el litro se ponga a $2. O a $3. ¡Eso viene ya mismo!  Y más rápido de lo que piensas.

Pero no me creas a mi. Ordena los documentales y convéncete.  Ah, y si piensas que el Gas Natural, el Hidrógeno o el Etanol van a ser la solución, olvídate de eso.  El primero ya alcanzó su punto pico de producción (“sorry” Fortuño) y los otros dos cuesta más producirlos que la energía que producen.

Entonces, ¿si no podemos producir más, cuál es la solución?  Gastar menos.  Como decía un viejo refrán: “si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a tener que venir a donde Mahoma”.  De ahí el movimiento de regresar a vivir más cerca de los lugares de empleo y/o trabajar desde los hogares.

Quizás se pregunten por qué me gustan tanto los documentales.  O más importante aún, por qué he visto tantos de ellos recientemente. El caso es que me harté de OneLink.  ¡Los mandé a la mierda!  ¿Por qué?  Entérate en mi otra entrada titulada: “OneLink Communications Regresa A Los Año 70s”.

¿Y qué instalé?  Nada.  Ahora mi programación la escojo yo.  Cuando me interesa algo lo compro en DVD, lo veo y lo revendo en eBay.  El resto del tiempo leo.  ¿Y lo mejor de todo?  Me “dropié” de la “mogolla portorricense”.  No miro la ristra de muertos en los noticiarios, tampoco me hiervo la sangre con la ensarta de embustes de nuestros políticos. En la mañana le dedico 5 minutos a la página cibernética de El Nuevo Día, y de ahí me voy a las páginas de noticias del planeta.

Si más  puertorriqueños hicieran como yo las compañías entenderían que no pueden hacer lo que le de la gana.  Pasaría como decía en la entrada anterior.  Entenderían que el consumidor de hoy tiene opciones.

Claro, la mayoría de los puertorriqueños viven intoxicados con la televisión local.  Quitarle “La Comay”, o la novela, es como quitarle la heroína a un “tecato”.  Se revolcarían.  Pero créanme gente, el mundo es mucho más amplio que eso.

Bueno, déjame bajarme de la tribuna.  Solo quería hablarle de estos dos documentales porque son un aviso claro de lo que se aproxima.  No tienes que hacerme caso.  A lo mejor me estoy volviendo loco. Cómprate un guagua más grande.  Múdate más lejos.

Pero las ruedas del cambio ya están en movimiento.  Ahora es el momento de prepararte. Si no haces nada “después no digas que no te invité” (como decía La Lupe).

Hasta la próxima amigos…

©2012, Orlando Mergal
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El autor es Socio Fundador de Accurate Communications, Licenciado en Relaciones Públicas (R-500), Autor de más de media docena de Publicaciones de Autoayuda, Productor de Contenido Digital y Experto en Comunicación Corporativa.?Inf. 787-750-0000

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