Mi Último Halloween

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fantasma-tristeEran casi las cinco de la tarde del sábado, 31 de octubre del 1964.  Yo tenía apenas 10 años, y ni madre cosía a toda prisa mi disfraz de Halloween.  Hacía un año que habíamos regresado a la Isla procedentes de Nueva York.

Allá el día de las brujas era algo así como un día de fiesta nacional.  Los niños salían por el vecindario a tocar en las puertas en busca de dulces y golosinas.  La inocencia existía todavía…

Como “nuyorican” al fin, yo venía con esa influencia.  También cargaba con la influencia de las tirillas cómicas de la época.  En mi caso, el fantasma Casper —o Gasparín, como le llamaban por acá— ocupaba un sitial prominente entre mis personajes imaginarios favoritos.  Yo era un niño bueno.  Todavía no me había percudido con las realidades de la vida.

Le pedí a mi madre que me hiciera un disfraz de fantasma.  Éramos una familia de clase media y no había dinero para desperdiciar en disfraces comerciales.  Además, la oferta comercial era limitada y yo tenía la ventaja comparativa de tener una madre que sabía coser.  Todos esos términos “rebuscados” del mundo de los negocios los aprendí luego en la vida.  En ese momento yo quise ser fantasma, y mi madre me cosió el disfraz.

Salimos de “trick or treat” como a las siete de la noche.  Éramos como siete u ocho niños y niñas.  De todos yo era el más alto.  De niño todos pensaban que llegaría a medir mucho más de seis pies.  A los doce ya medía cerca de 5′ 10″ y tenía bigote.  Pero a los diecisiete me pasmé.  Llegué a 5′ 11″ y media; y ahí estoy todavía.  Pero volvamos a Halloween…

La primera casa que visitamos fue como a tres casas de distancia de la mía.  Para mí fue la primera y la última.  Después de un rato de gritar la consigna jíbara del día de las brujas: “trick or treat, halloween, dame dulces, no maní”, el dueño de la casa salió molesto y nos despachó con tres palabras: “váyanse a trabajar”.

No sé si lo dijo por mí, que era el más alto del grupo, pero el caso es a las siete y quince de aquel triste día de las brujas yo estaba encerrado en mi cuarto llorando.  ¡No entendía cómo alguien podía ser tan cruel!

Nunca más salí con mis amigos en la noche de brujas.  Después de todo ya yo era grande. Y quizás había algo de verdad en aquellas palabras bruscas.

Al otro año comencé a repartir periódicos.  No en carro, como lo hacen ahora, sino en mi bicicleta de 20″, con un canasto sobre la rueda del frente y dos a los lados de la rueda de atrás.  Comencé con una ruta del desaparecido periódico El Mundo.  Tenía como 80 suscriptores.  Luego cogí dos rutas adicionales.  En mi mejor momento llegué a repartir sobre 200 periódicos.

Desde pequeño tenía espíritu empresarial.  Mi madre decía que yo era medio sanano para los negocios.  Y quizás había algo de cierto en sus palabras; porque le daba una tercera parte de lo que obtenía a mi acompañante sin que hubiera aportado nada para el equipo.  Yo prefería verme a mí mismo como dadivoso.  El caso es que muy temprano descubrí que “trabajar para otro” no era la clave para alcanzar el éxito en la vida.

Como a los 13 años comencé a “cortar grama”.  Comencé con la máquina de mi casa.  Me puse de acuerdo con mi amigo Humberto y decidimos irnos de casa en casa los sábados y domingos ofreciendo nuestros servicios.  Al cabo de unos meses teníamos decenas de clientes.  El “pitch” de venta era muy sencillo: “señora, ¿le corto la grama?”.

De ahí en adelante la cosa era fácil.  Anotaba a cada cliente nuevo en una libretita con su dirección.  Luego los visitábamos una vez al mes para seguimiento.  Después de unos meses ya no teníamos ni que buscar clientes.  Todo lo que hacíamos era visitar a la misma gente y añadir a aquellos que los propios clientes nos recomendaban.

Ah, y yo no era tan sanano na’.  La “libretita” fue idea mía.  Así que la plusvalía la controlaba yo.

Además del negocio de cortar grama —o de “landscaping”, como le llamarían ahora— trabajé de portero en un cine, como dependiente en un puesto de gasolina y hasta llegué a estar a cargo de un negocio de lavado de automóviles.

Cuando llegué a la universidad me contaminé con la mentalidad de “empleado”.  El sistema me chupó.  Dejé todos mis “trabajitos” y me dediqué a estudiar por varios años.  Después de todo había que hacerse de una carrera para conseguir un buen “trabajo”.

Antes de terminar comencé a trabajar en la compañía de teléfonos.  El trabajo y los estudios comenzaron a confligir.  Después de todo era como tener dos trabajos a tiempo completo a la misma vez.  Uno de los dos tenía que sufrir.

Comencé a salir mal en las clases.  Me dí de baja total varios semestres.  Finalmente me dediqué a trabajar y dejé los estudios a un lado por varios años.

Al par de años dejé el trabajo en la compañía de teléfonos.  Exploré varias oportunidades de negocio que no resultaron.  Finalmente conseguí un puesto de agente de seguros.  Nunca había vendido nada.  O por lo menos eso era lo que yo pensaba.

Todavía recuerdo la primera póliza que firmé.  Se la vendí al dueño de un puesto de frutas y verduras en la Plaza del Mercado de Las Piedras.  Estaba tan nervioso que cuando terminé de llenarla estaba empapada en sudor.  Una parte fue el nerviosismo.  La otra quizás fue el hecho de que tenía que vestirme de gabán y corbata para caminar por las calles bajo el sol.

La experiencia de vender seguros fue “tortura y escuela” a la misma vez. Tortura, porque el trabajo era duro y no desarrollaba una cartera; y escuela porque todavía utilizo mucho de lo que aprendí durante aquellos cuatro años.

Durante ese periodo también regresé a la Universidad.  Me matriculé durante un semestre para terminar un Bachillerato en Ciencias Naturales que había dejado al rescoldo a ley de tres créditos.  ¡Tres créditos!

Nunca he creído en el destino.  Pienso que el mundo de cada cual se forma de acuerdo a sus acciones.  Pero lo cierto es que durante ese semestre también conocí a Zoraida.  Al año siguiente nos casamos, y hemos hecho y deshecho juntos durante casi 31 años.

Eso en sí mismo es un logro.  Piénsalo.  Hoy en día la mayoría de las parejas no duran 31 meses.  “Let alone” 31 años.

A los pocos años regresé a la compañía telefónica; esta vez al departamento de mercadeo. También regresé a la Universidad para hacer una Maestría en Comunicación Comercial.

Los años en los que estudié la maestría fueron duros; muy duros.  Trabajaba de lunes a viernes de ocho a cinco.  A las seis entraba a la universidad y salía como a las diez.  Llegaba a casa a las once.  A esa hora cenaba, me acostaba y me levantaba a las 4 de la mañana a estudiar.  Estudiaba de cuatro a cinco y media de la mañana todos los días.  De ahí me preparaba para ir a trabajar y lo hacía todo de nuevo.  Esa fue mi rutina de vida por cinco años.

Estudié con mi propio dinero y a base de préstamos. El día que defendí mi tesis mencioné en la oficina que me acababa de graduar de Maestría en Relaciones Públicas.  No pudo faltar un estúpido que comentara: “¡Que bueno!  Ahora tenemos quién organice la fiesta de Navidad”.

A los pocos meses renuncié y establecí mi propia oficina.

Durante 22 años he operado una oficina independiente.  Nunca me he mercadeado como relacionista público.  En un principio me hice llamar “consultor en comunicaciones”.  Hoy en día me mercadeo como “autor, productor de contenido digital y experto en comunicación corporativa”.  ¡Las tres cosas son ciertas!

También soy relacionista público.  No porque me haga llamar así, sino porque me gradué al tope de mi clase en esa disciplina y tengo un a licencia del Estado que me acredita como tal.  Pero no me hago llamar relacionista porque tristemente en Puerto Rico cualquier cretino que organice “fiestas” se hace llamar relacionista.

¿Y por qué te he contado todo esto?   ¿Por qué he puesto sobre el tapete un recuento breve de mi andar por la vida?

Porque mañana es Halloween…

Mañana es Halloween, y hasta el día en que me muera ese día no va a hacer otra cosa que recordarme aquellas tres palabras: “váyanse a trabajar”.

Esa ha sido la consigna de mi vida.  Cada día me levanto pensando en lo que voy a hacer.  Sea lo que sea.  No importa.  ¡Lo importante es que necesito hacer algo!  No sé vivir de vago.

Y cuando termina cada día, y me voy a lavar la boca para dormir, puedo mirarme en el espejo con orgullo sabiendo que he dado lo mejor de mí.

Cuando Zoraida y yo estábamos en la etapa de criar a nuestros hijos nos cuestionábamos cómo el sistema le inculca la mendicidad a los niños desde sus años formativos.  El ejemplo de Halloween no es más que uno en el que le enseñamos a nuestros hijos a ir de casa en casa “pidiendo”.

Durante los años escolares a algunos los llevan a los semáforos a que “pidan” para tal o cual causa escolar.  Zory y yo nunca dejamos que nuestros hijos participaran en ese tipo de evento.  ¡Nunca!  Y se lo hicimos claro a las autoridades del Colegio.  Si se trataba de un evento en el que fueran a trabajar para recaudar fondos podían contar con nuestros hijos y con nosotros.  Pero si era para pedir NO.

A nivel gubernamental pasa lo mismo.  El pueblo aprende a ser mendigo.  Le enseñamos a vivir de la tarjeta de la familia, de los cheques del PAN, del WIC, del Plan 8, del desempleo, de subsidios… ¡Dios mí! ¿Acaso esta gente no se da cuenta de que el que pide siempre va a estar a expensas del que da?

Todas estas dádivas no son otra cosa que mecanismos de control.  Los mantienen pobres y torpes para que sean “controlables”.

Pero la cosa no termina a nivel micro.  También se extiende a nivel macro.  Hasta tenemos un mendigo en Washington que no cuenta “ni pa’ pool ni pa’ banca”.  ¿Y cómo medimos su rendimiento?  Como decía el difunto Juan Manuel García Pasalacua: “mientras más llena traiga la latita, mejor”.

Dondequiera que uno mete la cara ve muestras de la mentalidad de dependencia del puertorriqueño… hasta en las redes sociales.  Por ejemplo, en estos días uno de los temas más comentados en LinkedIn se titula: “¿De qué viviremos los 3.5 millones que quedarán en Puerto Rico para el próximo censo, 2020?”.

Y hay que ver los comentarios de la gente.  Es como si fuéramos un pueblo de minusválidos.  La mentalidad de impotencia nos arropa.

Lo mismo sucede en Facebook y Twitter.  Parece como si estuviéramos esperando un milagro.  Parece que estuviéramos ávidos de que llegue un extraterrestre, que aterrice en la grama de El Morro y que borre todos nuestros problemas con sólo apretar un botón.

La solución mágica no existe.  Hay que ponerse a trabajar.  Hay que dejar las diferencias y las mentiras a un lado, enrollarse las mangas y encontrarle solución a los problemas que nosotros mismos creamos.

No podemos seguir culpando al estatus.  Después de todo, si estuviéramos tan mal, no seríamos el destino preferido de miles de yolas dominicanas, haitianas y hasta cubanas.

Y no faltarán los cínicos que digan que nos ha tocado un limón… que no importa lo que hagamos nada va a cambiar… que no hay razón para desvivirse… que el éxito es una quimera…

Déjalos que piensen así.  ¡Mañana es Halloween!  Y a mi me estrujaron el corazón un día como mañana.  ¿Y qué hice?  Lo use para mejorarme.  Lo convertí en mi lema de vida: “Me fui a trabajar”.

Y para terminar, quiero dejarte con un pensamiento de Ralph Waldo Emerson que leí hace muchísimos años. Muchas veces nos preguntamos: ¿para qué luchar tanto?  ¿Para qué matarnos, si hay gente que lo tiene “todo” sin “dar un tajo”?  Bueno, pues no todo es dinero.  El éxito es mucho más que eso.  Espero que te guste:

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©2012, Orlando Mergal
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El autor es Socio Fundador de Accurate Communications, Licenciado en Relaciones Públicas (R-500), Autor de más de media docena de Publicaciones de Autoayuda, Productor de Contenido Digital y Experto en Comunicación Corporativa.?Inf. 787-750-0000

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Un comentario

  1. Excelente escrito, y muy acertado. La dependencia arropa la isla. Saludos!

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