Una Carta En Inglés

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Una carta bien redactada, en un tono de respeto y dirigida a la persona indicada produce resultados en la mayoria de las ocasiones.

Una carta bien redactada, en un tono de respeto y dirigida a la persona indicada produce resultados en la mayoria de las ocasiones.

En días pasados participé en una discusión de la red social LinkedIn titulada: “Subway… Compra Algo o Lárgate”.  Resulta que el señor Héctor Héreter, autor de la discusión, visitó uno de los establecimientos de la mencionada cadena, computadora en mano.  Su intención era comer su emparedado favorito y navegar un rato por la red.

Al llegar decidió conectarse primero para luego pedir lo que habría de consumir.  A los pocos minutos se le acercó el gerente del establecimiento y le dijo: “necesitamos las mesas, por lo tanto, apaga la computadora y vete, si no vas a comprar nada”.  ¡Qué “nice”!

Luego de leer varias entradas y enterarme —repetidamente— de que el señor Héreter es “asesor de relaciones públicas y manejo de crisis mediáticas” decidí unirme al intercambio.  Según el señor Héreter el lugar tiene una salubridad deficiente: “baños que hieden, ausencia de papel de inodoro, falta de jabón y toallas de papel para las manos”.

Héreter afirma que el sitio es un asco.  Sin embargo éste señala que “ha estado comiendo casi a diario en ese establecimiento durante casi dos años”.  ¡Hmmm!

Durante el intercambio narró su viacrucis tratando de razonar con las agencias gubernamentales locales y con la gerencia de Subway en Puerto Rico.  ¡Bendito!  Luego de un largo intercambió en LinkedIn y múltiples esfuerzos fútiles Héreter logró que la cadena Subway le enviara una carta de disculpa firmada por el gerente de la tienda y muy poco más.

¿Piensas que algo vaya a cambiar en la tienda Subway de la Ave. Universidad?  Ooops.  Se me safó.

Durante el par de ocasiones en que participé en esta discusión le ofrecí varias sugerencias a este señor; todas basadas en experiencias pasadas.

Hace un par de años se me dañó una computadora.  La llevé al centro autorizado de Apple y básicamente me dijeron que la echara a la basura.  Se trataba de su modelo más costoso.  Y aunque ya tenía un par de años no era para que se destruyera como la cinta de misión imposible.

De regreso a la oficina iba cabizbajo… desilusionado con una marca que he patrocinado desde la Mac original en el 1984.

Al llegar le escribí una carta a Steve Jobs.  No al gerente de la tienda local.  Tampoco al cubano que tiene la representación de Apple para Florida y el Caribe.  Le escribí directo al “big joncho”.

En la carta le conté lo que había sucedido.  También le dije que era un usuario de Macintosh desde el 1984 y que durante ese periodo había tenido más de 40 Macs.  Todo lo cual era verdad.  Finalmente le dije lo desilusionado que me sentía de que Apple me hubiera dejado en la estacada.

A los varios días recibí una llamada directo de Cupertino.  Obviamente, no era Steve Jobs.  Era uno de sus ayudantes.  Me instruyó a que llevara la máquina nuevamente al taller.  Además, me dijo que Apple correría con todos los gastos.  Hasta se disculpó muchísimo por los sinsabores que el incidente me había causado.

Hace como dos años decidí registrar varios de mis DVDs educativos en la Oficina de Derechos de Autor de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.  Como autor, siempre registro mis trabajos, ya sean DVDs, libros electrónicos o mi colección de fotografías.  ¿Por qué?  Porque en caso de una violación puedo llevar un pleito a la corte federal y prevalecer sin problemas.

En esa ocasión registré 4 DVDs.  Y como sucede a menudo en las agencias gubernamentales no sucedió nada.  Pasó un mes, pasaron seis, pasó un año y pasaron dos.  Durante ese periodo no me quedé de brazos cruzados.  Escribí varias veces a la Oficina de Derechos de Autor.  ¿El resultado?  Ninguno.

Nada… que la ineptitud no tiene fronteras.  A veces pensamos que los únicos incapaces son los funcionarios locales.  Pues no te engañes.  Los de allá son igual de tarados.  La única diferencia es que su sueldo es mayor.

¿Qué hice?  El pasado 31 de enero le escribí una carta a Barack Obama.  No al director de la oficina de Derechos de Autor.  Tampoco al Director de la Biblioteca del Congreso.  Directo al hombre más poderoso de América.

Le detallé mis gestiones y el tiempo que había esperado.  También le mencioné que hasta una república bananera, trabajando en maquinillas, hubiera emitido los certificados a esas alturas.

La cosa tardó un poquito.  Quizás porque el señor Obama tiene una agenda “cargadita”.  Pero el pasado 19 de junio recibí mis cuatro certificados de registro acompañados de una carta de disculpa, no de Obama, pero del Director de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.

Más recientemente —casualmente durante los mismos días en que el señor Héreter tuvo su choque con Subway— solicité un servicio sencillo —realmente una tontería— de parte de la compañía AT&T.

Hace años que tengo un bloque de 10 números 800 que apuntan hacia nuestro número principal 787-750-0000.  Mi pedido era sencillo.  Coger uno de esos números y apuntarlo hacia el número de un sistema de mensajes que tengo en la ciudad de Orlando, Florida.  Realmente se trataba de un “call forwarding” glorificado.  Pasaron las semanas y nada.  Llamé repetidamente y nada.  Los números de orden no aparecían.  Uno me decía una cosa y el siguiente me decía otra.  ¿Y yo?  Bailando con la más fea.

¿A quién crees que le escribí?  ¿Al departamento de servicio?  No.  ¿Al CEO local?  Tampoco.  ¿Al presidente?  ¡La pegaste!  Pero no al de aquí, sino a Randall L. Stefenson, Presidente y CEO de AT&T a nivel nacional.  Y para darle un poco de premura a la cosa le envié copia de la carta por correo electrónico.

Al otro día el número 800 estaba instalado.  En menos de una semana recibí una llamada directo de la oficina del presidente.

Ni corto ni perezoso le dije a su ayudante que el problema de la programación del número ya estaba resuelto, y aproveché para contarle sobre los sinsabores que he tenido con mi iPhone desde el día uno en que contraté el servicio.

Resulta que en nuestra área la cobertura de AT&T es pésima.  Pero aparentemente a nadie le interesa a nivel local.  Me he quejado en la tienda donde compré el teléfono… más de una vez.  También lo he reportado a las oficinas centrales.  Hasta escribí una entrada en Picadillo hablando del asunto.  ¿Qué hicieron?  ¡NADA!

Bueno pues en la oficina del presidente —el de verdad— me resolvieron el asunto.  ¿Qué hicieron?  Me enviaron un “Femto Cell” de CISCO.  Básicamente se trata de antena conectada a mi servicio de Internet que recoge la señal celular débil de AT&T y la retransmite para toda la casa.  Ahora ya no vamos a tener que salir corriendo de la casa cada vez que suene el celular.

¿Por qué le he contado todo esto?  Porque hay que quejarse.  No podemos seguir permitiendo que nos atropellen.  Pero quejarse localmente es perder el tiempo.  ¡Hay que escribir la carta en Inglés!

Todas estas compañías norteamericanas tienen personal asignado especialmente para resolver casos neurálgicos.  Ellos saben que hoy en día no se pueden dar el lujo de dejar una estela de clientes descontentos.  Ellos saben que existen Facebook, LinkedIn, Twitter, YouTube y decenas de opciones más para denunciar su desdén.  Eso sin mencionar un blog bien optimizado como este.

Para que tengas una idea, una de las entradas de Picadillo que más tráfico recibe se titula “Sentimientos Encontrados”.  ¿De que trata?  De mis sinsabores al celebrar mi aniversario en un pequeño hotel de Cabo Rojo.  ¿Piensas que le debe haber costado?

Quieres ver otro ejemplo.  Lee nuestra entrada titulada: “Protestar Con Arte”.

¿Y por qué el título “Una Carta En Inglés”?  Porque a menudo escuchamos a puertorriqueños quejándose del uso del inglés en la Isla.  Yo sé que “el idioma del invasor” ha sido un elemento de transculturación y controversia en Puerto Rico durante más de un siglo.  Pero el hecho objetivo es que en pleno siglo 21 el que no domine el inglés no va pa’ ningún lao’.

Eso no es lo mismo que rotular edificios públicos en inglés y pintar “left alone” en las intersecciones.  Eso se llama “pitiyanquismo”, además de ser ridículo.

Muchas de las cosas que relato en esta entrada las mencioné durante el intercambio en LinkedIn.  ¿Y la reacción?  ¡Ninguna!

Digo, yo hubiera esperado que todo un “asesor de relaciones públicas y manejo de crisis mediáticas” estuviera capacitado para enviarle una notita —en inglés— a Fred DeLuca, Presidente y CEO de Subway a nivel Nacional.  Después de todo el señor DeLuca estuvo trabajando de “encubierto” como parte del “pantallazo” que dio en la serie “Undercover Boss”.  Quizás se hubiera ocupado de prestarle un poco de atención a sus franquicias “criollas”.

En vez de eso, este señor se conformó con una cartita de un “soplapotes” local.  ¡Qué pena! Y encima de eso hubo quienes lo felicitaron por su logro. ¡Qué bajita ponemos la barra!

Para finalizar, y para no criticar más al señor Héreter; ah, y para dejar sembrada la semilla de la discordia; las cadenas norteamericanas tienen que aprender que no todo lo que funciona en los Estados Unidos funciona en Puerto Rico.  Esa es una función de relaciones públicas, y se lo debiera informar la agencia que tiene la cuenta en la Isla.

La gran mayoría de los puertorriqueños son cacheteros consuetudinarios, cuyo comportamiento generalmente raya en la jaibería.  Claro que le van a cachetear el WiFi.  Basta con darse la vuelta por Starbucks para ver como la gente celebra sus reuniones allí sn consumir un centavo.  Si no quieren que la gente se pase la vida allí la solución es sencilla.  Quiten el WiFi.

Por otra parte estas empresas tienen que hace su “homework”.  En Puerto Rico la sobremesa es más larga que la cena.  Y a mucha gente le molesta que le traigan la cuenta con el postre.

En cualquier caso, la mejor manera de resolver estas controversias es comunicándose con la gente que manda de verdad.  Y esos están allende los mares.

©2012, Orlando Mergal
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El autor es Socio Fundador de Accurate Communications, Licenciado en Relaciones Públicas (R-500), Autor de más de media docena de Publicaciones de Autoayuda, Productor de Contenido Digital y Experto en Comunicación Corporativa.?Inf. 787-750-0000

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Sentimientos Encontrados

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Como tantos otros puertorriqueños —luego de dar Gracias— Zoraida y yo decidimos tomarnos unos días de descanso.  Usualmente, cuando el presupuesto lo permite, aprovechamos para “brincar el charco” y visitar nuestros parientes y amigos en la diáspora.  Pero este año, los golpes del gobierno han sido tantos que decidimos quedarnos “al lado de acá” y explorar las bellezas de Puerto Rico.

El viernes tempranito montamos los motetes en la guagua y nos dirigimos al área de Cabo Rojo.  La primera parada obligada fue en “La Guardaraya”, un típico restaurante puertorriqueño —de más de cincuenta años de establecido— donde las “chuletas can-can” se salen del plato y la atención es de primera.

Luego de un almuerzo sabroso —y aparatoso— dimos una vuelta por la bahía de Guánica y seguimos rumbo a Cabo Rojo.  Para mí esta área tiene una magia especial ya que —como fotógrafo profesional— he ido innumerables veces a fotografiar el atardecer en el faro.

Esta vez tomamos la ruta de Lajas a Cabo Rojo cruzando por la Sierra Bermeja.  ¡Esta área hay que verla!  Parece el Puerto Rico de hace cien años.  Millas y millas de campos prístinos, una que otra casa y el mar en la lontananza.  ¡Y las auras tiñosas… Dios mío, nunca había visto tantas juntas!  Vimos decenas de ellas a todo lo largo del camino.

Nuestra habitación era la del centro en el segundo nivel.Por fin llegamos a Bahía Salinas Beach Resort & Spa.  Habíamos pasado muchas veces por al frente de camino al faro, pero nunca nos habíamos hospedado.  Esta vez decidimos quedarnos, porque pensábamos explorar el área oeste con más detenimiento y estaríamos por allá todo el “wikén”.

11-29-09-Rincon-Beach-Resort-0138Para mí el área tiene una magia especial porque me recuerda  al “Saler”, un pueblito en las afueras de Valencia, en España. por el que anduve con Zoraida hace más años de los que me gustaría contar.

11-29-09-Rincon-Beach-Resort-01201El lugar es sencillamente espectacular.  Las facilidades son de primera y el personal es educado, atento y servicial.  ¡Las fotos hablan por sí solas!  A pesar de todo esto, nuestra primera experiencia fue un poco escabrosa.  Quizás yo estaba prejuiciado, o tal vez es que soy más exigente que el promedio.

11-29-09-Rincon-Beach-Resort-01731Mi primer tropiezo fue justo a la llegada.  Había leído en la Internet que el estacionamiento de los huéspedes era el más lejano, y que el servicio en el restaurante era sumamente lento.  Curiosamente, el mismo turista que escribió ese comentario concluyó que —a pesar de eso— el lugar era una maravilla.  Yo quise darme la oportunidad de vivir mis propias experiencias y me propuse abordar el lugar sin prejuicios.

Al llegar me tocó un estacionamiento en el extremo más lejano.  Claro está, eran como las cuatro de la tarde así que supuse que habría mucha gente registrándose a la misma vez.  Tomamos cuantos bultos pudimos cargar (recuerda, soy fotógrafo así que cargo con muchos tereques) y nos dirigimos al área de registro.  Llenamos todo lo que tuvimos que llenar y pagamos lo que había que pagar.  Y por supuesto, mi última pregunta fue: ¿puedo estacionarme adentro, cerca de mi habitación?  Quizás fue la manera en que la joven me contestó, o tal vez fueron los varios libros de Tom Peters que he leído, pero la respuesta fue como un baño de agua helada: “el estacionamiento de adentro es para los empleados, el de afuera es el de los huéspedes”.  Más tarde me enteraría del por qué de esta política, pero de primera instancia me “revolcó el mostro”.

Disfruta la vista pero no te acerques a la orilla.

Disfruta la vista pero no te acerques a la orilla.

De cualquier modo, llevamos nuestras cosas a la habitación y nos dirigimos raudos y veloces al área del faro.  El lugar es espectacular.  No me canso de visitarlo.  Y no soy el único.  Tengo un amigo fotógrafo del estado de Tennessee al que conocí a través de una de mis páginas de Internet (http://www.puertoricophotography.com).  Lo llevé por primera ocasión al faro hace dos años.  Desde entonces visita a Puerto Rico todos los años y el primer sitio que visita es el faro de Cabo Rojo.

Faro-de-Cabo-Rojo-2Estuvimos en el faro hasta el atardecer.  El lugar es una maravilla de la naturaleza.  Los grandes acantilados que lo rodean le añaden magia e impacto.  Y hablando de impacto, la caída es amenazante.  Lo único que —en mi opinión— le falta al lugar es un letrero como el que hay en el Gran Cañón del Colorado:  “Stay Away From The Edge.  If You Fall You Will Die”.  Por eso Zoraida y yo no pudimos contener el asombro cuando un joven comenzó a hacer “monerías” a la orilla del abismo mientras su padre le tomaba fotos.  Por cosas como esa es que mi madre siempre ha dicho que el sentido común es el menos común de los sentidos.

Regresamos al hotel casi de noche y nos dispusimos a disfrutar de nuestra cena.  Nuevamente comprobé que el turista de la Internet tenía razón.  El mesero tardó más de una hora en servirnos la cena y ambos platos estaban yertos.  A penas pellizcamos nuestra comida y nos retiramos a la habitación molestos y hambrientos.  Por un momento consideré salir a cenar fuera pero el área es oscura y solitaria.  Zoraida se sintió tan agraviada que bajó a quejarse al área de registro.  Inclusive llegamos a considerar cambiarnos de hotel.

A la mañana siguiente bajamos a desayunar y el cambio fue del cielo a la tierra.  El restaurante tenía un desayuno tipo bufé de primera.  La mañana estaba hermosa y las aguas del Canal de la Mona estaban “como un plato”.  La experiencia fue una delicia.

Luego de desayunar decidimos subir desde Cabo Rojo hasta Mayagüez por toda la costa para hacer algunas fotografías del mar, ver las nuevas instalaciones que se están construyendo para los Juego Centroamericanos y del Caribe de 2010,  y quizás hasta llegar al parque Zoológico.

Una tras otra fuimos pasando por Combate, Boquerón, Puerto Real y Joyuda —y para nuestra sorpresa— una tras otras nos encontramos con hileras de casas y edificios que ocultan por completo la vista al mar.  Nuestro paseo con vista al mar sólo existía en nuestra imaginación.  La “puerta del sol” estaba cerrada.

Sobra decir que si nosotros nos sentimos defraudados, el turista debe sentirse igual.  Una tras otra nuestras administraciones —de todos los partidos— han permitido la construcción desmedida en las costas hasta crear una muralla que nos separa del mar.

Embaucamos a nuestros visitantes con vistas suntuosas de playa y sol, y al llegar, se tropiezan con hileras de casuchas y tienduchas.  ¡Que pena!

Finalmente la muralla terminó y llegamos a la bahía de Mayagüez.  Las facilidades para los Juegos Centroamericanos parecen ir viento en popa y lucen verdaderamente espectaculares.  También nos agradó la forma en que el municipio de Mayagüez ha construido la carretera paralela a la costa con las edificaciones detrás de la carretera.  La vista de la bahía es espectacular.  ¡Bravo!

No podíamos visitar Mayagüez sin detenernos a comprar unos brazos gitanos en E. Franco y Co.  El lugar está mejor que nunca y si te gustan los dulces no puedes dejar de visitarlo.

Zoologico-de-Mayaguez-11-28-09-0023Nuestra próxima parada fue en el Zoológico de Mayagüez.  El lugar está administrado por el Fideicomiso de Parques Nacionales de Puerto Rico.  Los empleados son amables y los animales… pues, son animales.  Luego de haber visitado algunos otros zoológicos como el de Madrid, el del Bronx, el de Atlanta y el Animal Kingdom de Florida (aunque este último no es técnicamente un zoológico) llegamos a la conclusión de que todos son básicamente la misma cosa: animales presos que preferirían estar en sus respectivos lugares de origen.

Las iguanas, los monos y los ineptos se están apoderando de nuestro país.

Las iguanas, los monos y los ineptos se están apoderando de nuestro país.

Lo que hace o deshace un zoológico no son los animales; es la gente.  Todos los zoológicos tienen elefantes, monos y leones, pero no todos tienen personal que le explique al visitante y le infunda un sentido de aventura.  Y no pienses que mi crítica va dirigida únicamente al Zoológico de Mayagüez.  Hace como cinco años Zoraida y yo visitamos el Zoológico de Atlanta.  Zoologico-de-Mayaguez-11-28-09-01151El emblema del lugar incluía un gran Tucán.  Como fotógrafo al fin me encanta fotografiar aves, así que fui equipado con mi lente largo y mi trípode.  Para mi sorpresa el famoso tucán jamás apareció y el personal para preguntarle tampoco.  Nada, que el servicio malo no tiene fronteras.Zoológico de MayagüezLlegamos al zoológico como a las 12:00 del mediodía.  Había estado allí antes así que sabía que tienen un aviario y un mariposario bastante bonitos.  Para nuestra sorpresa ambos estaban cerrados.  Cuando finalmente encontramos a quién preguntarle nos dijeron que estaban cerrados de 11:30am a 1:30pm. para alimentar los animales.  En lo que se refiere a las aves me hizo sentido, pero la pregunta obligada fue: ¿cómo se alimenta a una mariposa? Hmmm.Zoologico-de-Mayaguez-11-28-09-01283Decidimos salir a almorzar.  Regresamos como a las 2:00pm, para dar oportunidad a que las aves y las mariposas hicieran la digestión.  Cualquiera que haya fotografiado aves sabe que es un asunto de paciencia.  A veces pueden pasar horas en lo que el ave se posa como la queremos.  Aún así pude tomar algunas fotos.

Luego del zoológico regresamos a Cabo Rojo.  Como no íbamos a poder ver el mar comoquiera lo hicimos por la carretera 100 para ahorrar tiempo.

Zoológico de MayagüezLlegamos al hotel como a las 6:00pm y nos dispusimos a cenar nuevamente.  Esta vez la experiencia fue totalmente opuesta.  El restaurante ofreció una cena tipo bufé deliciosa.  El servicio fue de primera y nuestro mozo “Kenneth” no pudo ser más complaciente.  Realmente se desvivieron por subsanar el malrato de la noche anterior.

La mañana del domingo aprovechamos para descansar un poco.  Aún así, nuestra definición de dormir hasta tarde es estar desayunando a las 8:00 de la mañana.  Nuevamente la experiencia fue de primera y el mar estaba “planchao”.  Luego de desayunar tomé unas fotos de los alrededores y disfrutamos de la piscina casi hasta la hora de salida.

Unos minutos antes de salir del hotel me tropecé con un señor en el estacionamiento que me preguntó como la había pasado.  Quizás fue un encuentro casual o tal vez él hizo por tropezarse con nosotros para conocer nuestro sentir ahora que nos íbamos.  Lo cierto es que yo comencé por preguntar cuál era su nombre.  Resultó ser el ingeniero Miguel A. Rosado, quién mi amigo Jorge Seijo me había dicho que era su pariente y el dueño del lugar.  Jorge me había dicho que lo procurara a mi llegada y que le dijera que él me había recomendado el lugar.  No obstante, Zoraida y yo somos de esas personas que prefieren pasar inadvertidas sin procurar trato especial alguno.

Sin embargo, ahora que todo había terminado quise aprovechar para señalarle todo lo bueno que había encontrado en el lugar, y también los pocos sinsabores.  No de manera destructiva, sino como crítica constructiva y oportunidad de mejoramiento.  Le conté lo de la cena tardía y fría y lo del estacionamiento más lejano para los huéspedes.  También le dije que otros turistas se habían quejado de lo mismo en la Internet.  Finalmente, le dije que al sumar, restar, multiplicar y dividir el lugar es una maravilla.

Rosado escuchó atentamente y se disculpó muchísimo por la mala experiencia que tuvimos el día de nuestra llegada.  Fue entonces que me explicó lo del estacionamiento.  Muchas veces los puertorriqueños nos quejamos de que se nos trata mal en las hospederías.  Sin embargo, nuestro comportamiento a nivel colectivo da lugar a que se nos trate así.

Resulta que en el pasado la cosa era a la inversa.  El estacionamiento de los huéspedes era adentro y el de los empleados era afuera… como le gustaría a Tom Peters.   Pero el puertorriqueño a menudo se pasa de listo y llevaban neveritas en los baúles, y hasta barbacoas que pretendían encender al lado de la piscina.  La consigna era disfrutar del lugar sin consumir.

Obviamente, Zoraida y yo no somos así.  Pero no se puede culpar a nuestros comerciantes cuando implantan prácticas para evitar que los clientes se pasen de listos.

Ciertamente, el ingeniero Miguel A. Rosado cuenta con un hotel maravilloso al que regresaría sin reservas y le recomendaría a mis amistades.  También le envió un saludo afectuoso al cromañón Jorge Seijo, como él cariñosamente le llama.

A nuestro regreso volvimos a pasar por Sierra Bermeja y regresamos sin incidentes a la locura del área metropolitana.

Puerto Rico es un país hermoso.  Quizás nuestra mentalidad isleña hace que miremos constantemente hacia afuera.  Tal vez los siglos de coloniaje —de decirnos que somos una porquería— nos han llevado a aceptar la mentira.  Pero créeme, cuando estaba en la piscina del Bahía Salinas, con el cielo azul sobre mi cabeza y el Canal de la Mona a mis espaldas, pensaba en los norteamericanos que —a esa misma hora— se tenían que estar levantando al limpiar la nieve del “driveway” para salir de sus casas en los estados del norte, y le decía a Zoraida: ¡que afortunados somos!

Tenemos una joya maravillosa en las manos y estamos permitiendo que una recua de pillos e ineptos de todas las ideologías la despilfarren y malutilicen.  Pero ese es tema para otro escrito.  Quizás es que llegué a la loseta… que me estoy cargando de estática.

Por el momento, disfruta de las fotos y hasta la próxima.

©2009, Orlando Mergal
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El autor es Socio Fundador de Accurate Communications, Licenciado en Relaciones Públicas (R-500), Autor de más de media docena de Publicaciones de Autoayuda, Productor de Contenido Digital y Experto en Comunicación Corporativa.?Inf. 787-750-0000

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Todas las fotos son propiedad intelectual de Orlando Mergal.  Derechos reservados.  Las puedes obtener a traves de http://www.puertoricophotography.com