Tropiezos… Cómo Nuestras Decisiones Trazan Nuestro Rumbo

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decisionesManolo se despertó temprano como todos los lunes. La mañana estaba fría y nublada. Y el calorcito de la cama invitaba a quedarse. Una voz en su cabeza le decía: “Quédate un ratito más… ¿Pa’ que te vas a levantar? Si total, últimamente no estás vendiendo na’”.

La tentación era fuerte. Pero Manolo era un tipo trabajador.

De un brinco cayó en sus chancletas y se dirigió al baño. A los pocos minutos ya se había duchado, afeitado, vestido y tomado un buche de café. Agarró su maletín y salió a toda prisa de la casa.

El cielo estaba gris, y en el aire se sentía todavía el olor de la lluvia recién caída. El parabrisas de su carrito viejo estaba cubierto de hojas. Llevaba varios días allí… estacionado bajo un gran árbol de roble. El verde de las hojas y el rosa de las flores se entretejía con el azul cielo de la pintura y el marrón del moho para formar una especie de arco iris rodante.

Manolo se montó rápidamente y metió la llave en la ignición. Tenía que estar antes de las seis y media en la avenida o llegaría tarde a su trabajo. El tráfico en las mañanas era terrible y don Ramón no aceptaba excusas. Su frase favorita era: “las excusas satisfacen más al que las da que al que las recibe”.

Volteó la llave. Ee, ee, ee, ee, ee, ee, ee, ee, ee, ee… El carro no quiso arrancar. Ee, ee, ee, ee, ee, ee, ee, ee, ee, ee… Nuevamente nada… ¿Estaría sin gasolina? Miró el marcador. Tenía más de medio tanque. Ee, ee, ee, ee, ee, ee, ee, ee, ee, ee… Todavía nada.

Una y otra vez siguió dándole a la llave hasta que sintió un “clic”, “clic”, “clic”,, “clic”, “clic”… Ahora sí. La batería estaba agotada.

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Eran las 6:15. Manolo estaba a pie. El día estaba feo, frío y mojado, y la voz en su cabeza insistía casi a gritos: “No vayas na’. Llama y dile que estás enfermo. Si, total…”.

Cerró el carro y comenzó a caminar apresurado. Había una parada de guaguas un par de calles más abajo. Si avanzaba podía montarse en la de las seis y media.

Llegó a la parada a las seis y cuarenta. La guagua ya había pasado. Ahora sí que de seguro iba a llegar tarde. La voz en su cabeza continuaba: “Vira pa’ atrás. Mira que está nubla’o y te vas a mojar. Mañana es otro día”.

A los pocos minutos pasó Ricardo, su vecino del lado. Iba ensimismado escuchando música. Prácticamente iba bailando dentro del carro. Manolo le hizo señal de que se detuviera pero Ricardo no lo vio y siguió de largo. Ese sencillamente no parecía ser su día.

Se sentó en la parada de guaguas a pensar. Todavía le quedaban opciones. Podía llamar a un taxi. Pero comoquiera iba a llegar tarde. Podía llamar a don Ramón y explicarle sobre su predicamento. Pero a don Ramón no le gustaban las excusas.

En eso sintió una sirena en la distancia. Era una ambulancia que se acercaba a toda prisa. Al minuto se detuvo al otro lado de la calle. Se bajaron dos paramédicos y corrieron apresurados hacia la casa que estaba justo al frente de la parada.

Manolo miró curioso mientras montaban a un paciente a toda prisa. En la distancia observó que uno de los paramédicos se parecía a Rita, una vieja amiga de sus años en la universidad.

Cruzó la calle y se acercó. Sí era ella. Rita lo reconoció de inmediato y se confundieron en un abrazo fraternal.

“¿Cuánto tiempo hace?”, preguntó Rita.

“Como diez años”, respondió Manolo. “No te veía desde aquella vez que nos encontramos en la fiesta en casa de Gabriel Conde”.

“¿Y qué haces por ahí?”, preguntó Rita.

“Na’, que se me quedó el carro y traté de coger la guagua. Pero también se me fue”, respondió Manolo.

“¿Y pa’ dónde ibas?”, preguntó Rita.

“Pa’l trabajo. Soy representante de ventas de Seguros Montereal”, contestó Manolo.

“¿Eso queda como a dos cuadras del Hospital, verdad que sí?”, preguntó Rita.

“Sí, al frente del Parque Enrique Olmos Montilla”, contestó Manolo.

“Si quieres puedes montarte con nosotros. Digo, si no te molesta ir atrás en el área de los pacientes. Después de todo vas a llegar ‘requeterápido’”, dijo Rita en tono de broma.

“Claro que sí”, dijo Manolo. “No sabes cuánto te lo agradezco”.

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De inmediato se montó en la parte de atrás. En la camilla estaba un hombre como de 40 años de edad. Era paciente del corazón. Tenía la presión sanguínea por los cielos y el pulso errático. A penas tenía unos cuantos años más que Manolo y estaba agarrado de la vida por un hilo.

Manolo vio ante sus ojos como el señor se debatía entre la vida y la muerte. De momento sus problemas se tornaron insignificantes.

A los pocos minutos llegaron al hospital. Manolo escuchó cuando los paramédicos le dijeron al personal del hospital que la prognosis no era buena.

Se despidió de Rita, le dio las gracias y comenzó a caminar hacia su oficina. Todavía le faltaban un par de cuadras que caminar.

Llegó a la oficina como a las ocho menos cuarto. Todo lucía como de costumbre. Los empleados estaban llegando poco a poco, don Ramón estaba en su oficina leyendo el periódico, y los teléfonos ya estaban comenzando a sonar.

Cuando llegó a su escritorio su extensión estaba sonando. Todavía no eran las ocho pero decidió contestarlo comoquiera. Era don Ignacio Real, de la fábrica de paneles solares Luz Real. Había analizado su propuesta y quería reunirse con él de inmediato para hacer las pólizas.

Lo primero que le vino a la mente fue: “Pero estoy a pie… ¿Y ahora qué?”. Pensó pedirle que dejaran la cosa para el día siguiente. Pero entonces recordó las palabras de don Ramón: “las excusas satisfacen más al que las da que al que las recibe”.

“No hay problema señor Real. Déme un par de horas en lo que resuelvo algo en la oficina y estaré por allá como a las diez. ¿Le parece bien?”, dijo Manolo.

“No hay problema. Nos vemos a las diez”, contestó el señor Real.

Según colgó llamó para alquilar un carro. Tenía dos horas para recogerlo y estar en la fábrica de don Ignacio Real.

Ignacio Real era un hombre de negocios serio y metódico, al que le gustaba analizar las cosas a la saciedad. Manolo le había hecho varias propuestas en el pasado y nunca habían llegado a nada. Inclusive había estado al borde de firmar anteriormente, y en el último momento se había echado pa’ atrás.

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Manolo llegó a la fábrica poco antes de las diez. Don Ignacio había tenido que salir al área de producción y le dejó dicho que esperara por él… que tardaría un poco, pero que llegaría de seguro.

Eran las once y don Ignacio no llegaba. La voz comenzó a hablar de nuevo: “Te dejaron planta’o. Zángano. Te hubieras queda’o en la cama”.’Manolo ya había ojeado todas las revistas del recibidor, y estaba comenzando a mirar la primera por segunda vez.

De repente entró don Ignacio. Venía molesto. Una de sus líneas de ensamblaje se había detenido por causa de un accidente industrial. El obrero había sido llevado al hospital a toda prisa.

“¿Pa’ qué era que tu venías pa’ acá?”, preguntó don Ignacio de manera casual.

En el fragor del problema había olvidado por completo la reunión de las diez.

Manolo decidió esquivar la pregunta. “Eso no es importante ahora. Lo importante es resolver su problema. Dígame don Ignacio: ¿cómo lo puedo ayudar?”

Las próximas cuatro horas fueron tensas. La producción se detuvo, las causas del accidente no se conocían de primera intención y la vida del empleado estaba en peligro.

Manolo trabajó hombro con hombro con el señor Real hasta dar con las causas del accidente. Había sido error humano. El empleado no había usado la vestimenta adecuada y se había quedado pillado con una de las máquinas.

A la misma vez don Ignacio había pedido la ayuda de uno de los mejores cirujanos del país. Su servicios no estaban cubiertos por su plan médico actual, pero para él la vida de un ser humano era mucho más importante.

Luego de un par de horas muy tensas el empleado salió del quirófano. La operación había sido un éxito. El empleado tendría que sobrellevar varios meses de terapia ocupacional. Pero luego de eso se reincorporaría al trabajo como de costumbre.

Eran las dos de la tarde. Manolo y don Ignacio estaban en la oficina cansados, hambrientos… pero satisfechos de se que había resuelto la situación.

Don Ignacio mandó a buscar unos emparedados con café. Mientras esperaban comenzaron a conversar sobre los acontecimientos del día y sobre la manera en que a veces uno planifica una cosa y resulta otra totalmente distinta.

Entonces don Ignacio se quedó pensando por un momento y le dijo: “¿Oye, yo no te dije que vinieras por acá para hacer mis pólizas de vida? ”

“Si, pero como llegué y lo encontré en medio de ese rollo, pensé que lo mejor era resolver el problema primero. Después de todo, siempre habría tiempo para hablar de seguros luego”, contestó Manolo.

“Pues no lo dilatemos más”, dijo don Ignacio.

de acuerdoAbrió la gaveta derecha de su escritorio y sacó varios cartapacios. Manolo los reconoció de inmediato. Eran los cartapacios “bonitos” que él usaba para sus propuestas más importantes.

En eso llegaron los emparedados. Entre mordisco y mordisco don Ignacio le compró las pólizas de vida para él, su familia y sus empleados, las mejoras al plan médico y hasta un endoso especial para el cáncer que Manolo le había ofrecido el año anterior.

Esa tarde Manolo ganó miles de dólares en comisiones. Pero más importante aún ganó un amigo para toda la vida. ¿Por qué? Porque a pesar de necesitar desesperadamente hacer la venta, antepuso las necesidades del señor Real a las suyas propias.

Ya eran como las cuatro y media cuando regresó a la oficina. La noticia del accidente industrial se había regado como la pólvora. Don Ramón lo llamó a la oficina. Pensaba que el esfuerzo habría sido inútil; que Manolo habría perdido el día y regresado de manos vacía a la oficina.

Manolo le contó lo sucedido. Le narró cómo había tenido que esperar casi dos horas. También le dijo sobre los predicamentos del señor Real y cómo había pasado el día con él dándole sugerencias y resolviendo problemas.

La cara de don Ramón lo decía todo. Pensaba: “Este se pasó todo el día con Ignacio Real y regresó a la oficina sin na’”.

Entonces Manolo abrió su maletín y sacó tres cartapacios. Eran las propuestas que le había hecho al señor Real durante los pasados dos años.

Don Ramón abrió los ojos y le preguntó: “¿Y eso qué es?”. “Son las cubiertas de vida, salud y cáncer para el señor Real, su familia y 247 empleados”, dijo Manolo.

Don Ramón se quedó mudo. Pero la cara de asombro era más que locuaz. La tenacidad de Manolo y su buen juicio habían pagado dividendos. El negocio era uno significativo para la pequeña firma de seguros, y para Manolo representaba una jugosa comisión.

Don Ramón miró por la ventana y vio el auto de alquiler de Manolo en el estacionamiento. Le dijo en tono de broma: “Ave María, alquilaste un carro pa’ impresionar a don Ignacio”. Entonces fue que Manolo le contó sobre su mañana. Le dijo lo que había sucedido con su carrito viejo y cómo había llegado hasta las cercanías de la oficina en una ambulancia.

También le contó cómo se había sentido tentado a quedarse en su casa. Y cómo luego pensó en regresarse. “Me sentí como el personaje de las tirillas cómicas: con un ángel en un hombro y un ‘diablito’ en el otro”.

Ambos rieron a carcajadas.

Al otro día Manolo se tomó el día libre. Se pasó el día de concesionario en concesionario, hasta que en la tarde salió para su casa con un carrito nuevo. Antes de regresar decidió pasar por la fábrica de don Ignacio para ver cómo seguía con el asunto del accidente.

Le mostró su carrito nuevo y le dio las gracias una vez más por los seguros que compró el día anterior. Don Ignacio lo felicitó por su tenacidad, y por el sentido común y la solidaridad que demostró durante el incidente. También le informó que tenía dos empleados nuevos que quería añadir.

Manolo se despidió con un apretón de manos y le dijo al señor Real que le llevaría los papeles temprano en la mañana para que los firmara.

Esa mañana de un lunes, Manolo tomó una serie de decisiones sin saber que cambiarían su vida para siempre. Al año siguiente fue nombrado gerente de ventas, y dos años después director. Nunca más tuvo que andar en carros viejos. Su carrera en el mundo de los seguros fue una legendaria.

Muchos años después lo invitaron a hablar en una convención de vendedores. Todos querían escuchar los secretos de aquel vendedor excepcional. Querían conocer sus técnicas, entender sus trucos y saber cómo había logrado resultados tan extraordinarios.

Manolo se paró detrás del podio comenzó con una pregunta: “¿Cuántos de ustedes tenían deseos de trabajar hoy?”. De ahí pasó a contarle los sucesos de aquella mañana… y de aquel día. “Ese día definió el resto de mi carrera”, dijo Manolo.

“Pude haberme quedado en la cama”, dijo Manolo. “También pude haber retornado a mi casa; o haberme ido del recibidor del señor Real cuando me dejó esperando durante casi una hora”.

“Pero decidí levantarme de la cama. Decidí llegar al trabajo. Decidí alquilar un carro. Decidí esperar al señor Real. Y decidí anteponer sus necesidades a las mías. Y esa serie de decisiones cambiaron mi vida para siempre… en un día frío y nublado en el que todo parecía ir de mal en peor”, terminó diciendo Manolo.

Aquel grupo de vendedores llegó allí en busca de una fórmula mágica. Y la encontraron en el lugar menos esperado. No se trataba de una técnica o de una tecnología milagrosa que facilitara su trabajo.

En vez de eso Manolo le habló sobre tropiezos. Y le ilustró con su historia cómo las decisiones que tomamos frente a los tropiezos a menudo establecen el rumbo para el resto de nuestras vidas.

Curiosamente Manolo nunca se casó y falleció relativamente joven víctima de una rara enfermedad. Su pequeña comunidad se desbordó para darle un último adiós. Entre los dolientes estuvo don Ignacio Real, quien insistió en pagar los gastos del funeral y una hermosa lápida de mármol para su amigo.

La inscripción leía: “Descanse en paz Manolo Quiñones, maestro de la tenacidad, el sentido común y la solidaridad”.

©2016, Orlando Mergal, MA
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El autor es Socio Fundador de Accurate Communications,
Licenciado en Relaciones Públicas (R-500), Autor de más de
media docena de Publicaciones de Autoayuda, Productor de
Contenido Digital y Experto en Comunicación Corporativa.
Inf. 787-750-0000 • 787-306-1590

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